Mira al cielo y
aprende de ellos...

Albert Einstein
EDITORIAL ENERO
Un cuarto de siglo de contacto e investigación. 1993-2018

Este año 2018 cumpliré cuarenta y cuatro años. Y también veinticinco en este largo camino de contacto e investigación que tiene sus raíces, como en casi todos los casos de quienes investigamos a los “no identificados”, en la niñez.

Recuerdo con nostalgia los paseos familiares en el Club Campestre “El Bosque”, en las sierras de Chosica, a las afueras de Lima, un hermoso paisaje en el que me encantaba perderme, recorriendo sus amplios jardines o trepando sus cerros pelados. Ese lugar fue testigo de mis primeros avistamientos de ovnis: luces “caminantes” y “zigzagueantes” en el manto nocturno. Ocurrió a fines de los años setenta. Era muy chico. Tiempo después, exactamente en el verano de 1988, siendo ya un muchacho de catorce años, los volví a ver. Y esta vez se trató de un avistamiento claro: un objeto brillante surcaba el cielo en dirección al mar, a plena luz del día. Quedé petrificado. Luego supe que este incidente era parte de una oleada de observaciones ovni que fue debidamente reportada por la prensa de Lima. Desde ese momento empecé a seguir el tema con interés. Estaba atento a las noticias y recortaba notas sobre los ovnis en los diarios. Cinco años más tarde, en 1993, empezaría a tener una mayor interacción con “ellos”. Los avistamientos volvieron y esta vez acompañados de supuestas comunicaciones telepáticas. Entonces surgió la necesidad de entender lo que me estaba pasando. Quería saber. Era un estudiante de Mercadotecnia de diecinueve años que no le interesaba el mundo de la administración de empresas, sino los misterios del hombre y las estrellas. Y así, la providencia me asistió para seguir esa senda. En 1993, como parte de mi búsqueda, me integré a grupos de contacto extraterrestre, a centros de investigación del fenómeno ovni, e incluso me sumergí en grupos esotéricos. De un porrazo empecé a recorrer ciertos lugares del Perú en donde era frecuente el reporte de ovnis. Compré mi primer “cuaderno de campo” y me lancé a entrevistar a los pescadores de la playa “Las Salinas” de Chilca, habituales testigos de luces que surgen del mar. Adquirí, también, una grabadora de voz, con sus típicos mini cassettes, una herramienta que hoy muchos podrían considerar de obsoleta ante la dominante era digital. Desde luego, ofrecí mis primeras conferencias con proyectores de slides marca Kodak. También con retroproyector de transparencias. A inicios de los años noventa el internet apenas daba sus primeros pasos. No teníamos e-mail, ni buscábamos noticias en Google o YouTube, ni intercambiábamos opiniones con otros investigadores al instante vía Whatsapp. Nos escribíamos cartas. Y acudíamos a la hemeroteca disponible, no a Wikipedia –en este sentido no he cambiado mucho, prefiero lo impreso–; y lo más importante: tratábamos de vivir, experimentar, y estudiar este fenómeno en el campo. Primero, como ya dije, en el Perú. Luego en todo el mundo.

Ha transcurrido un cuarto de siglo desde entonces. Un camino de investigación que en mi caso no ha tenido interrupciones, descansos, ni vacaciones, solo constancia y permanencia.

En este tiempo he visto caminantes muy comprometidos. Pero también a varios “turistas” del tema. Gente que solo estaba de paso. O que prefirió entregarse al mundo a pesar de que fueron testigos de lo “imposible”. A pesar de que "sabían". Pero no les culpo. Este camino es difícil, enrevesado, aunque luminoso si rompes los paradigmas y la comodidad.

Viendo en perspectiva todo lo andado, y citando a mi querido Juanjo Benítez, hoy tengo más preguntas que respuestas. Naturalmente, no dejo de replantearme todo. Considero de que es positivo y hasta saludable:  trato de comprender lo vivido y estudiado desde esa otra visión que brinda los años y la experiencia. Pero eso sí, matices aparte, el contacto con “ellos” es real. Y su central mensaje de cuidar la Tierra, también. De eso no tengo ninguna duda… Entretanto sigo investigando, y haciendo…

En fin, solo quiero dar las gracias a todas las personas que han sido parte de mi vida en estos veinticinco años de aprendizaje, especialmente a quienes me acompañaron en mis “primeros pasos” en Perú: al Grupo Maranga, al Grupo Anrrom, Luz Castilla, Fredy Anci, Edgar Concha, a toda la familia Paz Wells –Don Carlos Paz, la “mochi” y sus hijos Carlos, Sixto y Rose Marie, pues su historia fue importante para “entender”–, a Vlado Kapetanovic porque fue el primero en hablar públicamente de los “apunianos”, a Giorgio Piacenza y sus oportunos consejos, a Ebe Sánchez y su valiosa guía, en fin, son tantos que sería imposible citarlos a todos. Y en este último tiempo de mi vida a Paola Harris, Alicia Rodríguez, Fabio Zerpa, Juanjo Benítez, especialmente a los grupos de Argentina que me han “adoptado” con tanto cariño; en suma, a gente maravillosa que he conocido en distintos puntos del globo. Pero por encima de todo debo destacar la compañía, compromiso y apoyo de mi esposa Sol. He allí mi fuerza...

Estoy, pues, muy agradecido por todo lo vivido, todo lo caminado, y muy comprometido con lo que sé que viene.

Seguiré hasta culminar mi “ley del contrato”.

Gracias.

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